viernes, 20 de septiembre de 2013

¿Cuántos San Martines le pueden llegar a un cerdo?

El cubano, en términos generales, es “carnívoro”. Aunque en los últimos cincuenta años se ha producido una intentona de convertirnos a todos en vegetarianos. Pero los cubanos, en general, tienen preferencia por la carne de cerdo. Seguro les viene de su linaje peninsular. No hay cubano que se precie como tal que no quiera celebrar cualquier acontecimiento con una buena ración de carne de cerdo asado, yuca con mojo y plátanos a puñetazos o, como dirían en mi región, con tostones; una delicia inimitable. Pero, les comento, hay una historia que puede tener mucho de leyenda urbana, sólo apta para los que consideran la carne como un elemento que, incorporado a la dieta,  convirtió a los homínidos en humanos.

Una mañana dos amigos, uno cubano y otro gallego, se reúnen en una cafetería de La Habana donde solo se puede pagar con CUC, moneda cubana del tipo dólar USA o Euro, porque el peso cubano, el de toda la vida, no aguantó los avatares de la vida y hoy está por los suelos. Pero les contaba, los dos amigos quedan de acuerdo en cenar en casa del cubano; aunque, en verdad, este estuvo tratando de zafarse del tema, pues le parecía que su casa no era buen lugar para la reunión. Pero desde que comentó, digamos que sin querer,  que en la bañera de la casa tenía un cerdo esperando su San Martín, el gallego no dejó de insistir y terminó por ofrecerse en comprar todos los productos, incluso pagar cualquier gasto extra… El cubano, un cirujano del Hospital Hermanos Ameijeiras, consultó la propuesta con su mujer, cirujana también del mismo hospital, y decidieron no dejar pasar la oportunidad. Organizar la velada en casa para mostrar cómo se vive, satisfacer la curiosidad de un amigo y obtener un puñado de euros al mismo tiempo, no era un mal plan.


Los gallegos llegan en un taxi esa tarde-noche a la entrada de una casona que fue con seguridad un palacete burgués de comienzo del siglo XX. El cubano, que los esperaba en la acera, muy sonriente les ayuda a cargar con más de cinco bolsas plásticas rebosantes de productos (alimenticios y de higiene). Al cruzar la entrada, los gallegos comprueban rápidamente el ambiente agitado y tenso de un solar cubano. Allí dentro, en un patio central, una pandilla de chicos corren y dan saltos tratando de atrapar una pelota de béisbol que viaja de un lado a otro entre ellos. Algunos vecinos observan la llegada de visitantes a casa de “los médicos” y, con miradas quietas pero no ajenas, se envían mensajes unos a otros con los ojos: “Tenemos fiesta”, pensarían; “a lo mejor nos untan con un café y torta,  quizás algún traguito de coñac o, con jamón… Sí, jamón”.

Suben hasta un primer piso por una escalera con peldaños de mármol azul, seguramente italiano, tan maltratados que daban grima. Caminan hasta el final de un pasillo que les parece infinito entre tantas puertas a los lados. La cubana los espera sonriente en la puerta final.  El cubano, como un tiro, entra directo hasta la cocina y ella, con agilidad, toma el resto de las bolsas y le sigue. Los gallegos se encuentran de pronto en una acogedora salita decorada de manera ecléctica.  Abundan las figuras de porcelana en disímiles estantes, como improvisados,  de cualquier mueble; lámparas art decó colgantes, de mesa y todas seguramente diseñadas por algún artista nativo. Una mesa-bar mostraba una buena colección de botellas de wiski, coñac, rones… muchas completamente vacías, intentando una especie de vintage. La pareja de gallegos se sientan en un sofá que ocupaba toda una pared, cubierto por un  collage de telas que antes formaron parte de algunas cortinas. El gallego no deja de curiosear y preguntar.

-¿De cuándo es este edificio Yoel?

-Pues tendrá cerca de 200 o 300 años. Ni sé.

-Y tú, ¿por qué vives aquí?.

-Mi abuela servía como doméstica. Con el triunfo de la revolución los dueños se fueron. La abuela se quedó en la casa, ya sabes, le dieron el derecho a ocupar un cuarto y repartieron el resto entre otras familias que no tenían vivienda. Al final la vieja se quedó con dos cuartos y todas las figuras de porcelana. Tenemos baño porque eligió el cuarto de los señores. Esta sala era la otra habitación, que dividió para hacer una pequeña cocina, aprovechando que tenía balcón a la calle. Antes yo vivía con mis padres, en casa éramos cuatro hermanos y también solo dos cuartos. Cuando me casé, la vieja me dijo que si quería venir con ella. Nos dio el cuarto, mientras ella dormía en el sofá-cama. Hace dos años que murió.

Mientras Yoel habla, la gallega pide permiso y se va hasta la cocina. La cubana le hace señas para que vaya hasta allá. En la cocina, mientras ayuda a colocar los productos, no deja de husmear.

-¿Qué pasa con esa nevera, no funciona?.

-El frío… ¡ah! sí, sí, la nevera. No, hace ya un año que está rota, pero tampoco es que sea útil. Los apagones, quiero decir los cortes de electricidad, son tan seguidos y tan prolongados, que de nada vale tener nevera… Nunca logra congelar, todo se pierde.

-Por eso son todas esas velas por casa ¿verdad?

-Sí, esperemos que esta noche no tengamos apagón.

-Yoel ¿me contabas que tenías un cerdo en casa?

-Sí, en el baño.

-Hombre eso es algo que no me lo quiero perder, ya me contaras porqué lo tienes en este piso, y vivo.

-¿Por qué el cerdo?, por la carne. Aquí la carne esta racionada hace más de 40 años. Antes estuvo en casa de mis viejos, pero en su barrio hace más de dos años que el agua la llevan en camiones cisterna. Aquí hicieron arreglos, por el tema del turismo y La Habana Vieja, y nos llega dos veces por semana, durante dos horas. Esto nos permite mantenerlo limpio. ¿Ves esos barriles del balcón?. Hay uno en el baño, que es solo para él.

-Quiero que me lo  muestres…

-Vamos.

Yoel deja su mojito en la mesa-bar y se pone de pie, mientras espera que el gallego apure un trago largo. Juntos atraviesan el cuarto que servía de dormitorio. Yoel abre la puerta del baño, todo azulejado de blanco, con el lavabo y bidet de mármol, con las llaves del agua originales y una inmensa bañera con el cerdo dentro.

-¡Yoel, qué coño le pasa al cerdo!. Le faltan las patas delanteras…

-Sí. Ya te comenté las dificultades de la electricidad y lo difícil que es conservar los productos en la nevera. Pues un día se lo comenté a mi mujer y decidimos probar. Organizamos un pequeño quirófano en la cocina y le amputamos una. Pensamos que si no sobrevivía lo sacrificaríamos, pero lo atendimos y el cerdo se mantuvo con vida. Mucho mejor de lo que imaginas cicatrizó la herida… y nos dijimos: pues ná, la cosa funciona. Y bueno, aquí está. No sabemos si podremos repetir con las de atrás, o si nos decidimos antes por las orejas y el rabo.

-¡Jo, madre mía!, digamos que te lo estás comiendo a pedazos…

-Bueno, digamos sencillamente que es la necesidad de incorporar proteínas a la dieta y esto,  agudiza el ingenio.

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